jueves, 30 de agosto de 2012

IL Catenaccio

Cuando se habla de fútbol no es extraño que aparezca la discusión sobre cómo es que se debe de jugar. Una pregunta que nunca falta es ¿qué es lo ideal? ¿Ganar jugando lindo, haciendo muchos goles o simplemente ganar? No menos común es el debate sobre cuál debe ser el sistema de juego y el estilo de fútbol a practicar. Algunas veces lo importante es ganar, pero no es necesario ganar, golear y gustar, sino que con lo primero basta. ¿Ganar 1 a 0 con gol de pelota quieta vale menos que ganar 1-0 con un gol hecho a partir de 20 toques? ¿Siempre hay que salir a buscar los 3 puntos? ¿Siempre hay que arriesgar el punto con el que un equipo entra a la cancha y que más de una vez resulta útil? ¿Por qué jugar con 2 o 3 futbolistas en la delantera, si con 1 es suficiente y a veces hasta demasiado?

Grandes logros en el fútbol mundial se han conseguido en base a equipos con sólidas defensas y con contadas, pero efectivas ofensivas. ¿De qué vale llegar 10 veces, si una puede ser la solución para lograr el objetivo? El "catenaccio" fue practicado por grandes entrenadores que han deleitado al mundo. No se puede olvidar al austríaco Karl Rappan, a los italianos Nereo Rocco, Carlo Ancelotti y Giovani Trappattoni, al argentino Helenio Herrera o al gran Julio Ribas. Deleitaron al mundo plantados en su propio campo y con un único futbolista de punta, luchador incansable, héroe de mil batallas que concentrado esperaba quizás su única oportunidad con la seguridad de que no fallaría.

En la actualidad sigue habiendo entrenadores que cada fin de semana se preocupan por mantener el cero en su arco y que no sienten vergüenza que su equipo tenga como primer objetivo no perder. Cuántos técnicos de los que juegan “lindo” terminan derrotados por otros que los sorprenden con un perfecto contragolpe, una pelota que cayó del cielo cuando nadie lo esperaba directo a la cabeza del número 9 o simplemente fueron víctimas de un disfrutable empate; sin dudas que muchos. Porque lo rústico también vale, porque la marca también importa y porque a la pelota no sólo le gusta el césped, a todos muchas gracias.

Teoría del error ajeno

El fútbol no se practica igual en todas partes. Ni siquiera en Europa. El tráfico de futbolistas y la globalización de las competiciones no han conseguido homogeneizar del todo el deporte más universal. Si uno mira con atención un partido inglés, ve a unos cuantos tipos jugando: sigue habiendo algo de lúdico entorno a ese balón que se mueve rápido de un lado a otro. Si el partido es español, se percibe un punto de coquetería, quizá porque el público paga más a gusto por el espectáculo que por el marcador. En un partido italiano resulta fácil intuir que la gente sobre el césped no juega, sino que trabaja por ganar.

Fabio Capello, que sabe unas cuantas cosas sobre el calcio, cuenta que con los futbolistas italianos tiene la impresión de que no les apetece salir al campo. Parece como si prefirieran estar en cualquier otra parte. Sufren la pesadumbre del trabajador al inicio de la jornada, porque saben que no asumirán la iniciativa. Saben que no les conviene imaginar o crear, sino otra cosa.

El calcio es un gusto adquirido, como el tabaco o la cerveza negra. No suele gustar la primera vez. A muchos paladares selectos no llega a gustarles nunca. Desde un cierto punto de vista, podría haber algo de repelente en un fútbol cuyo resultado ideal es el 1-0. Olvidémonos de que el Roma ha marcado 10 goles en dos partidos: en Italia está muy interiorizada la teoría de que no hay gol sin fallo defensivo y, por tanto, el teórico partido perfecto debe concluir con empate a cero. Lo suyo, pues, es un marcador corto y sufrido. Adentrémonos en un jardín altamente resbaladizo, casi colindante con el paraje onírico de las identidades nacionales: ¿por qué el calcio es como es?

Las generalizaciones y los tópicos funcionan poco. Empezando por lo del catenaccio o cerrojo, inventado en 1932 por un austríaco, Karl Rappan, entrenador del Servette suizo. Rappan presentó al mundo su invento en el Mundial de Francia 1938, como técnico de una selección suiza que venció a Alemania. El catenaccio, por entonces aún llamado verrou, en francés, consistía en atrasar hacia la defensa los dos centrocampistas de la disposición clásica 3-2-5, haciendo de uno un marcador y del otro, aún más retrasado, un hombre libre. Se considera que su edad de oro fueron los 60, aunque la interpretación más depurada, ya en el ocaso del invento, la ofreció Alemania en 1974.

El catenaccio tiene hoy nombre italiano por el entrenador Nereo Rocco, que en los 40 y 50 lo utilizó con éxito en varios equipos modestos hasta llegar al Milan. Se atribuye a Helenio Herrera y al gran Inter de los 60 la presunta simbiosis entre calcio y catenaccio, pero eso es inexacto. Herrera, en efecto, no sentía el menor escrúpulo por amontonar gente en defensa y colocar delante de ella a Luis Suárez, para que sirviera balones largos a un par de atacantes. Lo hacía, sin embargo, sólo a veces. Al principio de su reinado, para economizar las fuerzas de un equipo que jugando al ataque podía ganar a casi cualquiera. Al final, para maquillar los defectos de una formación envejecida. Se trataba de un recurso ocasional, basado en criterios puramente utilitarios.

La clave del calcio no tiene que ver con el catenaccio. Aventuremos una teoría, tan descabellada como cualquier otra. Los italianos fueron dominados por potencias extranjeras durante unos 1.300 años, hasta la segunda mitad del XIX. Se acostumbraron a que el Estado fuera extranjero y aún no se creen que sea suyo, lo que podría explicar algunos fenómenos relacionados con la evasión fiscal. También aprendieron a hacer lo mejor que se podía hacer en tal caso: aprovechar en beneficio propio los fallos del sistema dominante.El italiano tiene un sentido innato para detectar la rendija o el punto frágil en cualquier sistema que se le ponga enfrente. Espera su ocasión y la aprovecha. La esencia del calcio es, probablemente, ese talento.

Autor: Enric González